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La calidad como expresión del ahorro.

Hace muchos años cuando yo era un joven trabajador civil de las Fuerzas Armadas Revolucionarias fui testigo de una agria conversación entre un alto jefe militar y un joven ingeniero civil que estaba cumpliendo su servicio social en las FAR.

El tema de la reunión era un programa de construcción de viviendas o de bajo costo para oficiales y trabajadores de la institución armada. Sucedió que el General que en ese momento era el Jefe del Ejército Central nos preguntó cuál era el mejor tipo de cubierta que se podía hacer en esas viviendas para que fueran duraderas y no se filtraran.

El joven ingeniero, quien por cierto usaba tenis, pullover, una barba rala y jean descoloridos,  con una seguridad pasmosa respondió que el mejor techo y el  más económico que él conocía era “la placa” término que en Cuba se aplica a la cubierta hecha a base de hormigón armado fundido in sito sobre la estructura de la edificación.

Como el asunto era construir rápido muchas casas con la menor cantidad de dinero posible, el alto jefe militar conocido además por su carácter fuerte, interpretó la respuesta casi como una burla y le espetó duramente su criterio al profesional quien para asombro de todos los presentes dio sus argumentos con mucha tranquilidad y seguridad.

“Es cierto que cuesta más hacer una placa que un techo de fibrocemento, o de planchas de zinc galvanizado o de piezas prefabricadas pero si se hace bien dura para varias generaciones, no hay que impermeabilizarla para evitar filtraciones y encima de ella se puede montar otra estructura” dijo el joven ingeniero quien cerró su “defensa” mirando a la cara del alto jefe militar a quien dijo “quizás a usted no le guste mi criterio pero en la construcción no hay mejor ahorro que hacer las cosas con calidad y fuertes”.

En la reunión se discutieron muchos otros asuntos del mismo tema pero cuando se terminó vi que el Jefe del Ejército llamó aparte al ingeniero, conversaron un largo rato y se despidieron con un apretón de manos.

Fue una lección que no he olvidado en toda mi vida. Cuando usted piensa algo no tema  decirlo y defenderlo ante quien sea, sea honesto, argumente y trate siempre de aportar aunque lo que opine no agrade a otros.

Lo que aquí cuento es de esos recuerdos que la mente, o el alma, almacenan y a veces los guarda tanto que casi los olvidamos. Pero sucede que hay sucesos de la cotidianidad que hacen que se nos activen y vuelvan a la conciencia.

En estos días de inicio de curso escolar, cuando se abren escuelas recién construidas o reparadas y cuando también se ponen a punto nuevas instalaciones de Salud Pública, todas inauguradas con sus respectivos actos o se dan a conocer mediante “recorridos” de dirigentes me viene a la mente con fuerza la lección que nos dio aquel joven ingeniero del que nunca he sabido más. Hasta olvidé su nombre mas no su “filosofía” profesional.

Recientemente escuché decir en la televisión nacional a una dirigente de un  gran hospital que reabría varias salas de ingreso, laboratorios y hasta quirófanos, que lo importante eran las grandes sumas de dinero que se habían invertido, la prontitud de los trabajos realizados, los servicios que implicaba y que los trabajadores del lugar debían cuidar todo aquello. Cierto,  pero ni una palabra de la calidad de las obras e instalaciones.

Si algo de lo tanto que hemos visto decaer en los últimos decenios es la cultura de la calidad que es por cierto, junto al precio y la oportunidad, una de las tres principales categorías económicas  de cualquier mercancía o servicio. El Che Guevara decía que la calidad es el respeto al pueblo pero  en la práctica de muchas entidades la expresión es una consigna más y no un modo de hacer lo que le corresponde. En buen cubano, se pasan la vida faltándole el respeto al pueblo.

Edificios que se filtran al poco tiempo de concluirse, instalaciones sanitarias, hidráulicas, eléctricas o de otro tipo que colapsan rápido o no satisfacen las prestaciones para las que fueron construidas, carreteras que hay que reparar a los pocos meses de “terminarse” y la lista sería larga y variada, eso sí fueron cobradas y “terminadas” en saludo a tal o más cual fecha o ante la presencia de tal o más cual directivo, no importa que pronto reparemos lo que hace poco se construyó o “terminó”.

Donde yo vivo, en Santa Clara,   los ejemplos anteriores son abundantes, están “a pululu” como sentencia un popular comediante de la televisión, y son en la construcción, en la gastronomía, el comercio y  los servicios y en lo humano y lo divino. Lo que sí “está más perdido que la carne res”, como dice otra sentencia popular, son los ingenieros como aquel joven de quien no recuerdo ni su nombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

11/11/2016 10:23 luis evidio #. sin tema

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